Comenzaba la descripción de este blog diciendo que, en contra de lo que opinaban otras personas, el hecho de que éste sistema de gobierno sea el mejor que conocemos no implica necesariamente que no pueda mejorar. Puede hacerlo, y muchísimo; de otro modo, este blog no tendría sentido. Pero lo que me planteo hoy no es un pequeño ajuste, un parche aquí o allá para mejorar cierta situación. El propósito de esta entrada (y de la siguiente, si todo va según mis planes) va un poco más allá, planteándose el hecho de que la sociedad en la que vivimos no sólo es pésima sino que además está condenada al fracaso.
Vivimos en una sociedad de usar y tirar. Podemos llamarlo sociedad capitalista, consumismo o como queramos, pero eso no cambia las cosas: nuestro sistema está diseñado para gastar, cuanto más mejor. Hay que ganar dinero, y para ello hay que vender. Y si hace falta se crearán necesidades artificiales, productos perecederos o castrados o trucados para que duren menos o cualquier tipo de artimañas posibles. Y por supuesto, ¿para qué vamos a usar un producto imperecedero si podemos obtener una versión desechable que nos invitará a comprarlo una y otra vez?
Así funcionan las cosas: invente usted una nueva necesidad (ayúdese de la publicidad si es necesario), ponga precio a su producto y asegúrese de que al poco tiempo se gastará, se estropeará, aparecerá una nueva versión más moderna y llamativa (no necesariamente mejor) o dejará de ser compatible con los estándares. Todo por el bien de la economía, claro. Porque es evidente que usted deberá ganar cada año más y más beneficios (que sus trabajadores ni olerán), o de lo contrario su empresa estará en crisis. Y bien es sabido que así es como comienzan las crisis en los países, y es su deber como ciudadano impedir que eso ocurra, ¿verdad?
Segunda lección: exporte su producto y mantenga el precio: recuerde la constante universal 1 dólar = 1 euro. Si añade un pequeño complemento a su producto cerciórese de que ésto influye drásticamente en el precio. Si lo que presenta es novedad, asegúrese de que el precio es igual o superior al producto anterior, aunque el proceso de fabricación sea más barato. Recuerde: al fin y al cabo, ¡es una novedad! Y sobretodo, para los más osados: haga amigos. No se afilie a ningún color; simplemente siga a quien tenga el poder en ese momento. Si es lo suficientemente inteligente, el gobierno de turno acabará trabajando para usted, devolviéndole favores y haciendo que su empresa disponga de inmunidad para hacer y deshacer a su antojo.
Pero, como ya se ha dicho, hay que aumentar los beneficios. Ésto que consigue de varias maneras: aumentando el precio mediante triquiñuelas, engaños o simplemente de forma descarada, o produciendo más, ampliando el mercado. El problema en este sentido estriba en los recursos: está claro que existirá una cierta proporcionalidad entre los recursos utilizados y las ganancias obtenidas. Ergo, y dada la voracidad ya mencionada de una sociedad capitalista-consumista, cada vez se usarán más recursos (algo a lo que ya estamos acostumbrados). Pero nuestro planeta es finito y los recursos empiezan a escasear... y las consecuencias de ello serán el tema de mi próxima entrada.
Vivimos en una sociedad de usar y tirar. Podemos llamarlo sociedad capitalista, consumismo o como queramos, pero eso no cambia las cosas: nuestro sistema está diseñado para gastar, cuanto más mejor. Hay que ganar dinero, y para ello hay que vender. Y si hace falta se crearán necesidades artificiales, productos perecederos o castrados o trucados para que duren menos o cualquier tipo de artimañas posibles. Y por supuesto, ¿para qué vamos a usar un producto imperecedero si podemos obtener una versión desechable que nos invitará a comprarlo una y otra vez?
Así funcionan las cosas: invente usted una nueva necesidad (ayúdese de la publicidad si es necesario), ponga precio a su producto y asegúrese de que al poco tiempo se gastará, se estropeará, aparecerá una nueva versión más moderna y llamativa (no necesariamente mejor) o dejará de ser compatible con los estándares. Todo por el bien de la economía, claro. Porque es evidente que usted deberá ganar cada año más y más beneficios (que sus trabajadores ni olerán), o de lo contrario su empresa estará en crisis. Y bien es sabido que así es como comienzan las crisis en los países, y es su deber como ciudadano impedir que eso ocurra, ¿verdad?
Segunda lección: exporte su producto y mantenga el precio: recuerde la constante universal 1 dólar = 1 euro. Si añade un pequeño complemento a su producto cerciórese de que ésto influye drásticamente en el precio. Si lo que presenta es novedad, asegúrese de que el precio es igual o superior al producto anterior, aunque el proceso de fabricación sea más barato. Recuerde: al fin y al cabo, ¡es una novedad! Y sobretodo, para los más osados: haga amigos. No se afilie a ningún color; simplemente siga a quien tenga el poder en ese momento. Si es lo suficientemente inteligente, el gobierno de turno acabará trabajando para usted, devolviéndole favores y haciendo que su empresa disponga de inmunidad para hacer y deshacer a su antojo.
Pero, como ya se ha dicho, hay que aumentar los beneficios. Ésto que consigue de varias maneras: aumentando el precio mediante triquiñuelas, engaños o simplemente de forma descarada, o produciendo más, ampliando el mercado. El problema en este sentido estriba en los recursos: está claro que existirá una cierta proporcionalidad entre los recursos utilizados y las ganancias obtenidas. Ergo, y dada la voracidad ya mencionada de una sociedad capitalista-consumista, cada vez se usarán más recursos (algo a lo que ya estamos acostumbrados). Pero nuestro planeta es finito y los recursos empiezan a escasear... y las consecuencias de ello serán el tema de mi próxima entrada.

